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lunes, 7 de julio de 2014
jueves, 26 de junio de 2014
jueves, 19 de junio de 2014
Dos
-¿Pero qué tiene de sorprendente "estar viva" frente al objeto en sí?
-El amor es un acto de fe que atraviesa la vida de lado a lado.
sábado, 31 de mayo de 2014
Una
Tengo una dolencia incurable y, aunque parezca extraño,
me alegro;
esa enfermedad se llama vida y no sé cuánto me durará.
viernes, 16 de mayo de 2014
El Conjuro
Un flor azul en el interior de una esfera
y
en la esfera, el universo metalizado
y
en el centro, un caballo al galope en un desierto
y
en el desierto, miles de preguntas enterradas
y
en las dunas, los huesos de un ángel caído
y
en cada grano de arena, un beso ardiente de estrella
y
en las estrellas, un imán en movimiento
y
en el imán, la atracción del fuego que repele al agua
y
en el agua vive una flor con el alma azul en fuga
cuyo nombre es
BABA YAGÁ
miércoles, 7 de mayo de 2014
La Plaza
Fue una tarde de domingo que nos dejaron jugar en la plaza. Las niñas incómodas lucían sus vestiditos de algodón con el típico fruncido nido de abeja que raspaba una y otra vez al mínimo movimiento. La rigidez de los zapatos y los calcetines calados, comprados probablemente por todas nuestras madres en la tienda de Conchita, confirmaban el ambiente oficialmente festivo. Ese día se podía jugar, pero no con el agua de la fuente.
Ahora sé que mi madre, antes de salir a la calle, mandaba a mi padre a que nos peinase para poder tener un momento y arreglarse a toda prisa. Papá no era muy hábil con el peine o el cepillo de ahí que a los tirones le siguieran los enfados que cargaban el ambiente de cierta tensión incontrolada. El resultado era un rostro taciturno, enmarcado por una tirante y relamida coleta con un lazo ostentoso y blanco. Como siempre, antes de bajar, me miraba en el espejo de la entrada, en penumbra, sin llegar nunca a terminar de reconocerme. Paciente, mientras esperaba al resto de la familia, hacía lentísimas muecas y mohines con la insana esperanza de que el espejo no me devolviera el gesto. A veces, deseaba cerrar la puerta de casa y que la otra, la niña del lazo, se quedara atrapada.
Mis sensaciones se confirmaban a pie de calle, la plaza olía igualmente a colonia. Las trenzas, las horquillas y las rebecas tricotadas por las abuelas brillaban al sol lánguido y fresco.
El bullicio flanqueado por las jacarandas daba paso a la fuente central. Las fachadas de los viejos edificios seguían con el mismo tacto de siempre, todo espacio vencido y piedra macerada.
Mi hermana, la mayor, había aprendido desde el colegio que el más fuerte en la calle es el que gana. Siempre que volaban los insultos o las piedras, yo me escudaba tras ella. Atrevida por obligación era capaz de enfrentarse a cuatro o siete de una sola vez y no se amilanaba ante las provocaciones ni del más listo del barrio; su lengua podía ser más barriobajera que la de ningún otro. Por eso la quería tanto, por eso y porque nadie veía su tímido corazón a punto de quebrarse en cualquier momento.
A la mínima mirada reprensiva de cualquier mayor las niñas obedecíamos, dejábamos el elástico o la comba, todas menos Sonia, aquella niña rubia que se creía diferente y por eso lo era. Delgada y flemática, ejercía un hechizo singular. Hoy sé que el dinero se huele y los mayores también lo sabían. Como con “el niño bonico”, todo repeinado y bien compuesto; con él nunca se podía jugar, con él sólo jugábamos a perder.
La luz traspasaba los encajes, el pelo hilándose al viento y en ese punto, mientras se iban conformando los corrillos, no tardaba en aparecer la madre de Jesús gritando desde la balconada como en una llamada desde los cielos:
-¡Jesús, eres un diablo! ¡Sube ahora mismo!
Porque Jesús, nada más bajar a la plaza, se acercaba a la fuente y no tardaba ni un segundo en salpicarnos. Jesús reía y nosotras también. Cómplices de sus travesuras, nunca nos regañaron, ya sea por su risa trepadora o porque nunca conocimos a su padre.
A cierta distancia jugaban dos hermanos, los de la casa de la esquina. Yo imaginaba su mundo familiar lleno de sólidas palabras, un mundo nítido y ordenado, olor a madera y cera. Eran como los dos polos de una misma afirmación. Uno de ellos, el menor, parecía tener poder sobre cualquier objeto que la vista pudiera alcanzar, conocedor de la fragilidad de la materia era experto traductor de símbolos y hasta de alegorías. El otro, casi no hablaba, sólo cuidaba del agua de la fuente y por eso siempre estaba tan limpia. Cuando las nubes prendían el cielo y a lo lejos se perfilaba violeta La Maroma, acudíamos a preguntarles por el tiempo.
Esa misma tarde, porque todas las tardes son buenas para los cambios, supe que estaba perdida. A lo mejor es que el tiempo pasa y abandoné los cuentos por crueles pero hermosas historias. También las sombras de la tarde invadieron la plaza, la fuente, los edificios, los murmullos... y de pronto, me vi en esa terrible oscilación entre la sonrisa sublime y el trastabillado ridículo.
En realidad, solo es en la consciencia donde queda detenido este tiempo imaginario. En realidad, siempre ando cruzando todas las calles buscando errante mi rostro en todos los rostros y aquella hermosa plaza con su fuente en todas las plazas. A veces, se aparece con esa extraña solidez de la piedra eterna, soportando una y otra vez el paso del agua deslumbrante. Y me detengo justo al filo de la locura o del canto de un mármol usado, allí donde termina mi reflejo, para darme cuenta de que nada, absolutamente nada, me pertenece.
martes, 15 de abril de 2014
EL PATIO DE MI CASA...
Me gusta tener macetas en el patio. Mi madre dice que son una lata, hay que estar siempre quitando malas hierbas, regando, podando, abonando y evitando plagas. Yo le digo que ya está vieja y refunfuñona, que no me haga llegar tan pronto a su estado. Cuando la humedad se nota en el ambiente y el suelo reluce mojado, surgen caracoles a cientos. A las niñas les encanta cogerlos y meterlos en una caja de zapatos, con el paso de los días y repasando siempre cada maceta a la vuelta del cole, agrupamos un buen montón, entonces los llevamos a la valla del Aquavelis; está cerca de casa, es una esquina donde la maleza espesa ha inundado un rincón abandonado, es allí donde suponemos que está el paraíso de los caracoles. Si alguno inicia el viaje en el sentido contrario y comienza a deambular por la acera, las niñas se preguntan por qué quiere aventurarse al peligro si tiene el paraíso ahí mismo. Yo les digo que los caracoles son lentos y un poco atolondrados, es normal que, con esos ojos en continuo titubeo, entre el estiramiento y el encogimiento, sea imposible acertar a ver con claridad.
Encuentro un placer ancestral al tocar la tierra, no me importa notar la presión que ejerce la arenilla entre la uñas y la piel, es la consciencia del tacto, la dureza compacta del mineral lo que siento raspar el reborde de las uñas cuando remuevo con las manos antes de echar por estas fechas el mantillo en cada tiesto. Los tréboles son los más complicados de quitar, tienen raíces que se expanden como una tela de araña y su fuerza es la fragilidad, al mínimo tirón se parten y siguen creciendo por otro lado; allá donde no he alcanzado a roturar esa mezcla de humus, arcilla y tierra, vuelven a crecer desafiantes.
Todos los años intento no dejarme llevar por la sorpresa, pero es inevitable, paso los meses de invierno observando los tallos desnudos, resecos al punto de quebrarse y cuando ya estoy convencida de que no soportaron el frío, el salitre y el viento, de repente, las ramas de la higuera, del gingko y del azofaifo comienzan a echar yemas que al día siguiente son brotes y, al otro, hojas. Cuando quieres acordar los geranios estallan en flores y las petunias, florecientes todo el año, se vuelven tímidas ante tanta exuberancia. En esos días siempre dejo a mis compañeros del instituto plantados para volver a casa a toda prisa y encontrar mi sitio. Preparo un té, mezclo mantequilla con miel en una tostada y me siento en el balancín. Soy capaz de estar casi una hora sin hacer nada, solo miro al compás de mi respiración y, de vez en cuando, casi siempre a eso de la una, oigo al mirlo de la araucaria del vecino canturrear como si me reconociese.
Me pregunto cómo puedo llevar tantas vidas a la vez, qué tiene que ver el sabor de una tostada con un patio de macetas en flor, con un instituto abarrotado de alumnos ausentes, con una hora en silencio sentada en un balancín, con las letras impresas del último libro que me ronda la cabeza, con el frigorífico que huele a fruta fresca y carne en papel estraza si provienen del mercado de abastos, con la última lavadora que queda por tender, con los restos de sudor húmedo que en el cuarto de arriba han quedado en mi cama y con el ordenador ronroneando en la habitación de al lado, ese intrincado gato de metal que me busca para conectarme... ¿al mundo?
Miro mis manos ahora en reposo y me asombra comprobar la quietud que las invade a pesar de las erosiones inevitables dibujando alguna que otra pequeña herida en la piel. ¿Quién empuja a quién: el cerebro inquieto o el impulso ciego movido por los músculos del cuerpo cuando es la tierra la que me llama?. Entonces, casi sin pensarlo, suelto la taza para hincar las manos en la tierra, remuevo con brusquedad la mejorana y compacto concienzudamente el sustrato alrededor del viejo geranio de la abuela que huele a limón; eso es lo que hago, ahondar con las manos como si con esa acción pudiera llegar a las profundidades del pensamiento cuando el lenguaje era sólo música y la quietud no necesitaba de símbolos para cobrar significado.
El mirlo vuelve a silbar. Dos gorriones, un macho y una hembra, se acercan tímidamente. Me observan ladeando la cabeza, adelantándose y retrocediendo con pequeños saltos inquietos. Con este reconocimiento mutuo acabo de iniciar una vida más para enlazar con la única que tengo. Sacudo el pantalón con las manos, algunas migas caen al suelo. Hay demasiada luz. Últimamente noto los dedos más finos y extrañamente carnales, como si quisieran acompañar en el movimiento a la tierra, como el brotar de los árboles y el color de las flores, o como si quisieran echar a volar para acompañar a los pájaros. Ahora que me fijo, no sé si las extrañas protuberancias que tengo en los nudillos pudieran ser el resultado de un cambio que bulle desde dentro ¿Y si fueran el anuncio de una hilera de cálamos o la promesa de ramificaciones de una raíz? . Nunca se sabe, susurro esperanzada. Si existiera, pediría una cita con el "neumatólogo".
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