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viernes, 29 de noviembre de 2013

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La casa le parece inmensa,  el salón tiene una mesa redonda de madera de roble, las sillas, con reposabrazos son muy pesadas. Por las tardes, cuando el sol entra a través de las cristaleras y parece darle un tono mágico a los cuadros abstractos pintados por su padre, ella llama a su hermana para correr en círculos alrededor de la mesa. Para que su hermana no la atrape, empuja las sillas, el suelo retumba, la madera es bronca y oye la voz de su madre gritando desde la cocina:

-¡Estaos quietas ya de una vez!, papá está estudiando. No quiero oír ni un solo ruido. Si no me hacéis caso voy a ir para allá con el zueco en la mano.


Ellas se detienen, el zueco no les da miedo pero quieren la tienda de campaña y la cena en el balcón. La tienda la montamos  nosotras, le dicen, basta con coger la toalla del baño para ponerla en el enlosado, después hay que colocar en las cuerdas, que atraviesan el balcón de lado a lado para tender la ropa,  una colcha ya vieja que les encanta.  Es de color crema, hecha probablemente en un telar pues está atravesada por franjas con dibujos geométricos entretejidos de color marrón tostado y negro. Papá decía que era un recuerdo de Argel, de cuando tuvo que hacer el servicio militar sustitutorio y lo mandaron a Las Colonias. Para nosotras era un tejido exótico que nos trasladaba a un lugar incierto; incomprensible ese espacio de tiempo sin  nuestra existencia. Imposible  imaginar a papá allí, dando clases en el desierto, los pueblos laberínticos, las alfombras voladoras, el cus-cus,  la bouganvilla,  los argelinos aprendiendo francés  igual que se aprende el odio.

Me fijo en el  hilo grueso marrón, es de camello, dice mi hermana. Yo me lo creo y aterrorizada paso suavemente los dedos por esa franja, ¿cómo se pela a un camello? le pregunto. Ella se ríe, es la mayor, sabe mucho, me está tomando el pelo pero me queda la duda.  Lo cierto es que a veces llegan cartas a casa con sellos de muchos colores, son brillantes y misteriosos, proceden de la Martinica, de Nueva Caledonia, de la Guayana Francesa o de lugares que, al pronunciar, se te traba la lengua.  Algunos amigos de papá se quedaron allí. ¿Por qué tan lejos? le preguntamos. ¿Por qué no vuelven? Papá sonríe, todos ellos son de la época  del internado,  guarda las cartas en el cajón que cierra con llave, recorta cuidadosamente los sellos y promete hacernos una colección. Los sellos españoles son muy aburridos, tienen siempre la misma cara. A mí me parecen los que le tocan  a mi hermana más bonitos que los míos, ella  mira mi álbum con el mismo recelo. Está prohibido hacer cambios, el que te toca, te toca, contesta cerrando de golpe el álbum. A ella le gustan los gatos, a mí los perros, a ella el azul, a mí el rojo y si digo que me gusta el azul no puedo, me dice, has elegido el rojo y no se puede cambiar.  ¿Por qué? le insisto. Porque no, yo soy el azul. Me enfado y me quedo tumbada boca arriba, contemplando la colcha magrebí. Algún nudo ha cedido dejando pequeños agujeros que utilizamos para espiar, no sé qué, pero a esa edad hay que estar siempre alerta.

La tarde cae y la emoción es intensa. Esta noche lo conseguimos, esta noche dormimos aquí, comentamos mientras le damos grandes mordiscos al bocadillo de jamón de york, aceite de oliva, pan tostado. Hay mijillas sobre la toalla, sacudimos la ropa, estiramos la tela, nos preparamos, una montará guardia. Esta vez no nos van a engañar. Hoy no nos van a llevar a la cama cuando nos venza el sueño.

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